El largo camino del árbol de las manitas
Pocas flores mexicanas son tan inconfundibles como la del árbol de las manitas. Sus cinco largos estambres color rojo escarlata recuerdan los dedos de una mano, característica que dio origen tanto a su nombre en español como al náhuatl macpalxóchitl, “flor de la mano”.
Es un árbol de los bosques nublados de México y Centroamérica, pero su historia rebasa ampliamente sus bosques. En México se distribuye naturalmente en la Sierra Madre del Sur en los estados de Guerrrero, Oaxaca y Chiapas. Sin embargo, durante siglos ha sido utilizado, trasladado y cultivado por las personas y hay individuos cultivados en otros estados de la repúblico. Aparece en documentos del siglo XVI, fue cultivado en el paisaje de Tetzcotzinco y todavía sobreviven árboles centenarios en el Estado de México. Hoy, mientras algunos viveros lo reproducen para parques y ciudades en el Estado de México, en Guerrero, Oaxaca y Chiapas existen iniciativas para conservarlo y regresarlo a sus bosques.
El árbol de las manitas vive naturalmente en el bosque nublado, uno de los ecosistemas más diversos y amenazados de México. Estos bosques ocupan una superficie muy reducida y durante décadas han sido fragmentados por la agricultura, la ganadería, la tala, los incendios y el crecimiento de los asentamientos humanos. El cambio climático representa una amenaza adicional.
En México, sus poblaciones silvestres mejor documentadas se encuentran en Guerrero, Oaxaca y Chiapas. Algunas sobreviven en bosques fragmentados y las poblaciones de Chiapas son genéticamente distintas de las de Guerrero y Oaxaca, por lo que conservar poblaciones de diferentes regiones significa proteger también la diversidad genética de la especie.
Sin embargo, ocurrió algo extraordinario: mientras sus bosques se transformaban, las personas cultivaron y protegieron al árbol de las manitas fuera de ellos durante siglos. Su historia es, por ello, tanto ecológica como cultural.
Siglo XV. El macpalxóchitl era conocido y cultivado por los pueblos del centro de México. Las fuentes históricas describen el cultivo de árboles y flores en las florestas prehispánicas y los grandes jardines de Tetzcotzinco, desarrollados durante el gobierno de Nezahualcóyotl. Reconstrucciones posteriores de la flora del lugar incluyen al árbol de las manitas, y todavía sobreviven árboles antiguos en poblaciones vecinas. Se desconoce, sin embargo, si éstos descienden de los árboles cultivados hace siglos.
1552. El macpalxóchitl aparece en el Códice De la Cruz-Badiano, una de las fuentes más antiguas sobre el conocimiento medicinal indígena de las plantas de México. Se empleaba para el tratamiento de heridas de la piel (úlceras) y para inflamaciones de los ojos.
1787. Integrantes de la Real Expedición Botánica a Nueva España conocen el famoso árbol que crecía en Huitzilan, Toluca, y comienzan a estudiar y tratar de propagar la especie.
1795. José Dionisio Larreátegui, estudiante de medicina, publica su descripción científica con el nombre Chiranthodendron pentadactylon basado en el único individuo conocido en esas fechas, que era el árbol de Huitzilan, Toluca.
1975. Se publica el estudio clásico sobre las aves que visitan y polinizan sus extraordinarias flores (Toledo 1975).
Siglos XX–XXI. Se desarrollan estudios sobre germinación, propagación, genética y restauración, y se establecen viveros y proyectos comunitarios en distintas regiones.
Actualidad. A partir de 2019 el árbol se reproduce en viveros y la Unidad de Manejo Ambiental Flor Manita, en Toluca y se planta cada vez más en espacios urbanos, mientras que en Guerrero, Oaxaca y Chiapas existen iniciativas para conservar sus poblaciones naturales y restaurar sus bosques.
La relación entre las personas y el árbol de las manitas comenzó mucho antes de que existiera el concepto moderno de conservación. Los pueblos mesoamericanos conocían sus propiedades y transportaban y cultivaban plantas lejos de sus lugares de origen. Su presencia histórica en Tetzcotzinco (jardínes de Nezahualcoyotl) es particularmente interesante porque actualmente sobreviven árboles viejos en San Nicolás Tlaminca y San Miguel Tlaixpan, muy cerca del sitio arqueológico.
En San Miguel Tlaixpan se han registrado árboles con edades estimadas de más de 200 años. En Toluca sobrevive también un árbol de alrededor de tres siglos asociado históricamente con Huitzilan. No sabemos si estos árboles son descendientes de plantas trasladadas en épocas antiguas, pero su presencia plantea una pregunta fascinante que podría resolverse mediante estudios genéticos.
La conservación contemporánea ha seguido diferentes caminos. En Guerrero, los habitantes de Carrizal de Bravo, en la Sierra Madre del Sur, han aprovechado tradicionalmente las flores de poblaciones silvestres. El ejido estableció una Unidad de Manejo Ambiental (UMA) en 2002 para combinar el aprovechamiento no maderable de la flor de la manita con la conservación del bosque y planteó la producción de árboles en vivero para restaurar áreas degradadas.
En Oaxaca, la comunidad mixteca de Mier y Terán participó en el establecimiento del vivero de plantas nativas Ita Nuyakua (flor de la neblina en mixteco) en 2021, acompañado de talleres para propagar el macpalxóchitl. También se elaboró, a petición de la comunidad, un mapa para identificar las áreas más apropiadas para recuperar sus bosques utilizando al árbol de las manitas.
En Chiapas, la especie —conocida también como canaque— ha formado parte de experimentos de restauración de los bosques de montaña y existen protocolos para su propagación y establecimiento. Actualmente, Pronatura Sur produce árboles de manitas en el vivero Moxviquil-Encinar, creado en 2002, donde las plantas pueden permanecer dos o tres años antes de llevarse al campo. Junto con otras especies nativas, se plantan en reservas como Moxviquil, Huitepec y Parque Natural Encuentro, así como en terrenos comunitarios, con participación de comunidades indígenas y rurales.
El Estado de México representa una historia diferente. Allí la especie se conserva principalmente fuera de su distribución silvestre mediante árboles históricos, investigación, viveros y UMAs. Su propagación ha permitido además que vuelva a plantarse en parques y otros espacios urbanos.
Hoy sabemos mucho más sobre cómo germinar y propagar el árbol de las manitas y existen comunidades, viveros, investigadores e instituciones trabajando con la especie. Algunas poblaciones naturales están dentro de áreas destinadas a la conservación y el árbol comienza a incorporarse deliberadamente a proyectos de restauración del bosque nublado.
También sabemos que conservar árboles de distintas regiones es importante. Los estudios genéticos han encontrado una clara diferenciación entre las poblaciones de Guerrero y Oaxaca y las de Chiapas y Guatemala, resultado de una larga historia evolutiva que no puede conservarse plantando árboles procedentes de cualquier lugar.
Pero todavía falta una pieza fundamental: saber si las plantas establecidas mediante restauración sobreviven, florecen, producen semillas y originan nuevas generaciones sin intervención humana. Plantar árboles es solamente el comienzo de la recuperación de una población.
No todavía. Su principal hábitat, el bosque nublado, continúa sometido a fuertes presiones y sabemos sorprendentemente poco sobre aspectos fundamentales de la reproducción del árbol.
La propuesta de que las aves percheras desempañan un papel importante en su polinización, se ha mantenido por 50 años, a pesar de haber sido un estudio anectótico de un par de dias de observación (Toledo 1975). Posteriormente se han registrado al murciélago de charreteras con polen del árbol de la manita en el pelo y en el estómago. A pesar de la imprtancia de esta especie, aún falta determinar con mayor precisión cuáles son sus polinizadores más eficaces, cuánto contribuyen aves y murciélagos, cómo cambia la producción de néctar durante el día y la noche y qué distancia entre árboles permite una adecuada polinización cruzada.
También conocemos poco sobre la dispersión de sus semillas y el establecimiento natural de árboles jóvenes. Estos vacíos son especialmente importantes para la restauración: una población no estará verdaderamente recuperada hasta que los árboles plantados sean capaces de reproducirse y producir una nueva generación. Después de más de cinco siglos de historia documentada, todavía tenemos mucho que aprender de una de las flores más hermosas y reconocibles de México.
La conservación del árbol de las manitas tiene muchos protagonistas. Comienza con los pueblos mesoamericanos, que conocieron, utilizaron y trasladaron al macpalxóchitl siglos antes de que recibiera un nombre científico, y continúa con las familias y comunidades que han cuidado árboles y bosques durante generaciones.
En Guerrero, los habitantes del Ejido de Carrizal de Bravo han aprovechado tradicionalmente las poblaciones silvestres. Entre los recolectores y comercializadores de la flor aparecen Pedro y Calixta González. Posteriormente, el propio ejido estableció una UMA que buscó combinar el aprovechamiento de la flor con la conservación y restauración del bosque.
En Oaxaca, Jerónimo Reyes Santiago trabajó con la comunidad mixteca de Mier y Terán impartiendo talleres para propagar el macpalxóchitl, que contribuyeron al establecimiento del vivero de plantas nativas Ita Nuyakua. Daphne Melisa Escutia Aguilar desarrolló posteriormente, a petición de la comunidad, un mapa para identificar áreas apropiadas para recuperar sus bosques con el árbol de las manitas.
En Chiapas, Neptalí Ramírez-Marcial, Miguel González-Espinosa y sus colaboradores han estudiado durante décadas la restauración de los bosques de montaña e incluido al árbol de las manitas en ensayos de vivero y campo. Actualmente, el equipo de Pronatura Sur, con la participación de Claudia Macías y Luz Rodríguez Parga, produce árboles nativos y trabaja con comunidades indígenas y rurales para regresarlos al bosque.
En el Estado de México, la familia Colín Santos —Margarito, Dolores y Ángel— ha cuidado durante generaciones uno de los árboles históricos de Toluca. Miguel Ángel González Colín y Laura Guadarrama Martínez, vinculados a la Asociación Mexicana de Arboricultura A.C. (AMA), han documentado los árboles antiguos e impulsado su conservación. En 2024, la AMA logró que el árbol de las manitas de Hutzilan, de más de 300 años de edad, fuera declarado árbol notable y patrimonial de Toluca.
David Guajardo Ruz ha promovido su reproducción mediante la UMA Flor Manita, mientras que especialistas de la Universidad Autónoma del Estado de México han trabajado durante décadas en su propagación.
Son historias diferentes, pero tienen algo en común: el árbol de las manitas ha sobrevivido gracias tanto a quienes estudian los bosques como a quienes cultivan, recolectan, reproducen y cuidan los árboles.
Los árboles centenarios de Tlaminca, San Miguel Tlaixpan y Toluca plantean una posibilidad extraordinaria. Sabemos que el macpalxóchitl fue trasladado y cultivado antiguamente fuera de sus bosques naturales. ¿Podrían algunos de esos árboles ser descendientes de antiguas translocaciones indígenas?
Comparar su ADN con poblaciones naturales de Guerrero, Oaxaca y Chiapas permitiría poner a prueba esta hipótesis. Si los árboles antiguos de Texcoco resultaran genéticamente próximos, por ejemplo, a poblaciones de Oaxaca, tendríamos una evidencia biológica extraordinaria de movimientos de plantas realizados hace siglos.
La historia de conservación del árbol de las manitas podría haber comenzado mucho antes de lo que hoy llamamos restauración ecológica.
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