
“El patrimonio biocultural incluye el conocimiento y prácticas ecológicas locales, la riqueza biológica asociada en ecosistemas, especies y su diversidad genética, la formación de rasgos de paisaje y paisajes culturales, así como la herencia, memoria y prácticas vivas de los ambientes manejados o construidos."
Lindholm y Ekbiom 2019
México es uno de los países en el mundo con mayor patrimonio biocultural. En cuanto a su naturaleza, se encuentra entre los cinco primeros lugares de 17 países conocidos como "megadiversos" en el gran número de especies de vertebrados (mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces) y de plantas vasculares y particularmente en el número de especies endémicas, es decir, que solo se encuentran en nuestro país.
En cuanto a su cultura, Mesoamérica (la mitad tropical de México hasta Costa Rica), junto con Mesopotamia, Egipto, China, Valle del Indo y el área andina, es una de las regiones en donde se han desarrollado las civilizaciones originarias. Estas son civilizaciones con vida urbana y organización compleja: social, económica, política y religiosa, especialización en el trabajo, computo del tiempo, escritura, educación especializada y arte.
Un elemento biocultural es una práctica, conocimiento, creencia o especie con una relación interdependiente entre naturaleza y cultura.

Sistemas de conocimientos, prácticas agrícolas y técnicas de manejo utilizadas por comunidades locales para mantener su riqueza natural.
El conocimiento tradicional se ha ido perdiendo y son pocas las personas en las comunidades rurales o indígenas que conocen los secretos de la naturaleza. Entre ellos están los curanderos y curanderas que conocen sobre plantas medicinales, las parteras que ayudan a los nacimientos de los niños y los cazadores, que conocen los hábitos de los animales.
Muchos de estos conocimientos se han adquirido a través del aprendizaje por prueba y error, y son muy valiosos, sin embargo, hay que saber distinguir entre el conocimiento tradicional y las creencias religiosas, leyendas, moralidad e ideología, no solo en las culturas ancestrales sino también las actuales, en donde se mezclan creencias políticas, religiosas y de otros tipos.
Por ejemplo, en muchas culturas de Latino América se identifica a las lechuzas y búhos como aves de mala suerte, o se mantiene la creencia de que ciertas lagartijas, conocidas como alicantes, son venenosas cuando no lo son. Estas falsas creencias o prejuicios, desafortunadamente resultan en el maltrato o muerte de estos animales.
Es importante tener una mente abierta para analizar todas las explicaciones posibles, ponerlas en una balanza, decidir cuál tiene más evidencias y seguir cuestionando.
El conocimiento tradicional de la navegación sin instrumentos de los pueblos polinesios, a punto de perderse fue recuperado en 1976 y dio origen a un renacimiento de este tipo de navegación y a una renovación cultural en Hawaii y en otras islas del Pacífico. Actualmente, la navegación utilizando las estrellas, viento, olas y aves, ha vuelto a alcanzar niveles inimaginables.
De igual manera, hay mucho que aprender del conocimiento tradicional sobre el aprendizaje de culturas sin escritura, mantenido por los aborígenes australianos.

Vocabulario especializado que describe la riqueza natural local, nombres de lugares (toponimia), e historias que conectan a la comunidad con paisajes o lugares específicos.
En la actualidad se hablan 68 lenguas indígenas en el territorio mexicano con 364 variantes lingüísticas. Las lenguas indígenas en México no sólo son vehículos de comunicación, sino verdaderos sistemas de conocimiento que han moldeado la forma en que entendemos y nombramos el territorio y su naturaleza. Su importancia en la toponimia y en la denominación de especies es profunda y sigue vigente.
En la toponimia, las lenguas indígenas —especialmente el náhuatl, pero también el maya, zapoteco, mixteco, entre muchas otras— han dejado una huella dominante. Nombres como México (“en el ombligo de la luna”), Popocatépetl (“cerro que humea”) o Chapultepec (“cerro del chapulín”) no son arbitrarios: describen características físicas, ecológicas o simbólicas del lugar. Estos nombres funcionan como cápsulas de información geográfica y cultural, reflejando cómo los pueblos originarios interpretaban el paisaje, identificaban recursos y otorgaban significado a su entorno.
Varios lugares mantienen el vocablo tequexquitl en su nombre, que significa “piedra que brota” en náhuatl. El tequesquite es una sal mineral, utilizada como aderezo desde tiempos antiguos, compuesta de cloruro de sodio, bicarbonato de sodio y carbonato de sodio. Así tenemos Tequisquiapan en Querétaro, lugar “sobre el río de tequesquite”, Tequesquitengo en Morelos, “lugar en la orilla del tequesquite”, o El Carmen Tequexquitla en Tlaxcala, “lugar donde abunda el tequesquite”.
En cuanto a los nombres de plantas y animales, las lenguas indígenas han sido fundamentales para la clasificación y el conocimiento de la naturaleza. Muchos nombres comunes actuales provienen directamente de estas lenguas, como coyote, jaguar, ocelote, aguacate, chocolate o tomate. Estos términos no sólo nombran especies, sino que a menudo contienen información sobre sus características, usos o comportamientos. Por ejemplo, el nombre náhuatl del conejo de los volcanes o teporingo, es zacatochtli, ahora transformado en zacatuche. El nombre proviene de zacatl, pasto o zacate y tochtli, conejo. Este conejo vive en los zacatonales alpinos de los volcanes alrededor de la cuenca de México y los utiliza como refugio y alimento.
Además, este conocimiento lingüístico está estrechamente vinculado con saberes ecológicos tradicionales: usos medicinales, alimentarios, rituales y de manejo del entorno. En muchos casos, las lenguas indígenas distinguen entre variedades de una misma especie que la ciencia occidental apenas reconoce, lo que revela un nivel fino de observación y adaptación al entorno.
Por ejemplo, el nombre maya del ha’ bin procede de ha, agua y bin, ir. Ha´ab significa año en el calendario maya. Este nombre indica su relación con la estacionalidad ya que florece a mediados de abril y anuncia la pronta llegada del agua. En español se le conoce como palo de agua o barbasco. Este último nombre se aplica a varias especies de bejucos usados por comunidades indígenas de Centro y Sudamérica y el Caribe para envenenar peces con sustancias de sus raíces o corteza.
De hecho, el nombre científico del ha´bín, Pisicidia, quiere decir “mata peces”, al igual que el nombre que le dan en Florida, Estados Unidos, “Florida fishpoison tree” o en algunos lugares se conoce como “matapescado”. Otros nombres utilizados son cahuirica o cawirica (Estado de México), chijol, ts´ijol, k´anaw te´ por los tenek (mayas) de San Luis Potosí.
Sin embargo, la pérdida acelerada de lenguas indígenas implica también la pérdida de este conocimiento biocultural. Cada lengua que desaparece se lleva consigo una forma única de nombrar, entender y relacionarse con la naturaleza.
La promoción de las lenguas indígenas es inseparable del conocimiento, y de la conservación biocultural.

Espacios modificados por una interacción de largo plazo como caminos antiguos, manejo del agua (presas, canales, chultunes), montañas, cuevas, manantiales.
El desarrollo de paisajes culturales en el país tiene una larga historia. Con el objeto de irrigar las zonas agrícolas en Mesoamérica se desarrollaron las presas de almacenamiento y las presas efímeras. Entre las primeras destaca la presa Purrón, en el sur de Puebla, construida en entre el siglo VIII y IV a.C., (hace más de 2700 años) por los pueblos popolocas. Esta presa de aproximadamente 400 metros de largo por 100 de ancho, se considera la estructura de mayor tamaño de retención de agua en el continente anterior al siglo XVIII. Desde 2018 el Valle de Tehuacán-Cuicatlán, San Juan Raya y Purrón, en la Reserva de la Biosfera se ha incluido como Bien Mixto en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Las presas efímeras, reconstruidas año tras año, se conocen por gran diversidad de nombres: bordos, presas, represos, empalizadas, estacas, bocatomas y acequias de crecida. Hay una gran diversidad de ejemplos de estos proyectos que han llegado hasta nuestros días (Rabiela 2011).
Aunado a la captación de agua y uso de canales y acueductos, está la modificación del paisaje para mantener y mejorar las prácticas agrícolas. Entre estas en México se han descrito una gran variedad que continuan siendo relevantes como las chinampas de la Cuenca de México, el calal y el metepantle de Tlaxcala, el tlacolo de Guerrero, el kool o milpa de la península de Yucatán, y los huertos, solares, patios o ekuaros de los mayas, nahuas, purhépechas, chontales, entre muchos otros. Estos sistemas, probados por el tiempo, son ejemplo del conocimiento ecológico tradicional altamente sofisticado ya que benefician las necesidades locales, mantienen servicios ecosistémicos, generan heterogeneidad en el paisaje, disminuyen la pérdida de hábitats y mantienen la biodiversidad (Moreno et al. 2012). Un ejemplo sorprendente es el sistema lama-bordo de la región mixteca de Oaxaca. Este sistema agrícola de terrazas a lo largo de cauces intermitentes con una antigüedad de al menos 3,400 años, sigue siendo utilizado actualmente por sus características de control de erosión, retención de sedimentos y almacenamiento de humedad (Santiago-Mejia et al. 2024).
El conocimiento detrás de la creación de paisaje culturales se ha generado a través de miles de años y en condiciones ambientales diversas y lo más sorprendente es que aún se mantiene. Por ejemplo, entre los pueblos nhanñhu-otomí del Valle del Mezquital, se ha documentado un sofisticado conocimiento del manejo agrícola, con tecnologías tradicionales, basado en una clasificación detallada de la topografía y de los suelos (Granados-Sánchez et al. 2004).
Algunos sistemas agrícolas tradicionales se han deteriorado o perdido sin evaluar su funcionamiento ecológico a nivel de paisaje y pueden ser de gran importancia en el mantenimiento del suelo, de la vegetación nativa, de la biodiversidad y por ende de la salud de las comunidades rurales. Es necesario recuperar el conocimiento sobre el patrimonio biocultural y ponerlo en acción.

Tradiciones culinarias, de pesca y caza, recolección o agrícolas. Prácticas de manejo y domesticación de especies.
Una de las herencias bioculturales más importantes en Mesoamérica es la dieta basada en las milpas. Durante miles de años, pueblos originarios construyeron estos sistemas combinando maíz, frijol, calabaza y muchos otros alimentos locales, junto con saberes como la nixtamalización. El resultado es una cocina profundamente ligada al ambiente local, a la salud, identidad, la comunidad y la vida cotidiana.

Una de las herencias bioculturales más importantes en Mesoamérica es la dieta basada en las milpas. Durante miles de años, pueblos originarios construyeron estos sistemas combinando maíz, frijol, calabaza y muchos otros alimentos locales, junto con saberes como la nixtamalización. El resultado es una cocina profundamente ligada al ambiente local, a la salud, identidad, la comunidad y la vida cotidiana.
La dieta mesoamericana ha sido reconocida como muy completa. La combinación de sus ingredientes ofrece proteínas de buena calidad, fibra y nutrientes clave que ayudan a prevenir enfermedades como diabetes y problemas del corazón, especialmente frente a las dietas modernas basadas en productos ultraprocesados.
Además, la milpa es un sistema agrícola diverso. Los nódulos simbióticos del frijol, le permiten utilizar nitrógeno y enriquecer el suelo. Las grandes hojas de la calabaza limitan la evaporación y mantienen la humedad. En México se han seleccionado un gran variedad de maíces, frijoles, calabazas, chiles, entre otras muchas plantas.
La dieta mesoamericana también incluye a los quelites, más de 300 especies de diferentes familias botánicas que se han utilizado tradicionalmente como importante complemento alimenticio. Algunos ejemplos de quelites son: el pápalo, verdolaga, quintoniles, romerito, quelite cenizo, huauzontle, alache, epazote, chaya, hoja santa, chepiles, entre otros. También fortalece la soberanía alimentaria: al depender de cultivos locales y conocimientos propios, las comunidades pueden asegurar su alimentación sin depender tanto de sistemas externos.
En un mundo donde la alimentación se ha vuelto cada vez más uniforme y desconectada de su origen, la dieta mesoamericana ofrece algo distinto: una alternativa que nutre el cuerpo, cuida la tierra y mantiene vivas las culturas.
En México, hay una enorme diversidad de plantas que se utilizan como remedios medicinales, como el estafiate, el epazote, el copal o los cuachalalates, lo cual se ha sabido por chamanes y curanderos desde la época de los mexicas y anteriormente.
Actualmente, las investigaciones científicas de estas plantas han encontrado que contienen sustancias químicas responsables de que los remedios funcionen como medicina, conocidas como “principios activos”.
Otro ejemplo interesante es el uso de cal (óxido de calcio) para hacer la masa de las tortillas. Este proceso se conoce con el nombre de nixtamalización, del náhuatl nixtli, cenizas y tamalli, masa. ¿Por qué se remoja el maíz en agua con cal o cenizas antes de cocerlo?
Una posible explicación sería que se utiliza para ablandar la cáscara de la semilla de maíz y removerla. Sin embargo, este procedimiento milenario enriquece la masa con calcio y otros minerales y aumenta la disponibilidad de los aminoácidos esenciales, aumentando sustancialmente su valor nutritivo. Actualmente la nixtamalización es un proceso rutinario en las tortillerías. ¿Coincidencia o conocimiento?

Plantas, hongos y animales con papeles fundamentales en la identidad, dieta, sustento o espiritualidad de las comunidades.
También llamadas especies de importancia cultural (CKS, por sus siglas en inglés), son especies que configuran la identidad cultural de un pueblo (peyote-wiraxica, ceiba-maya, maíz, palo fierro-comca'ac, konkaak o seris, mariposa cuatro espejos-tenabaris-yoremes o mayos). Tienen papeles fundamentales en la medicina, materiales, dieta o prácticas espirituales. También contribuyen desde el punto de vista simbólico, lingüístico, entre otros (Garibaldi and Turner 2004, Mattalia et al. 2024).
La identificación de estas especies puede tener mayor impacto en las acciones de conservación local ya que la gente promueve la presencia, abundancia y/o persistencia de esas especies. Por otro lado, la pérdida de estas especies resultará en impactos económicos, culturales y espirituales.
En México el 23% de la flora (alrededor de 5,000 especies) tienen uso tradicional. Más de 4,000 especies se utilizan en la herbolaria (Boege 2008).

| Uso | Subuso | Ejemplos |
|---|---|---|
|
1. Alimentación y subsistencia
|
Alimento / Comestible | Maíz, frijol, calabaza, chile, tomate |
| Cacería | Venado cola blanca, pecarí de collar | |
| Forrajero | Alfalfa, maíz, sorgo, pastos tropicales, nopales | |
| Melífero (clave para producción de miel) | Maíz, frijol, calabaza, chile, tomate | |
| 2. Salud y bienestar Relación directa con el cuidado del cuerpo. |
Medicinal | Cuachalalate, tepezcohuite, epazote, árnica mexicana, muicle, valeriana, hierba santa. |
| Aseo | Amole, chamizo, santa maría, wiixamoli, copacotlet | |
|
3. Uso doméstico y cotidiano
|
Utencilios | Guaje, palma, mimbre, yuca, magueyes |
| Combustible | Encinos, cacahuananche, pinos | |
|
4. Producción y transformación material
|
Construcción | Pinos, fresnos, cazahuates, tzalam |
| Textil | Pita, algodón, palmas, yucas, chichicastle, izote | |
| Usos que requieren de un proceso de tratamientos | Industrial | Zapote, cacao, vainilla |
| 5. Manejo agroecológico y del paisaje Funciones ecológicas en sistemas productivos o territoriales |
Agrícola | |
| Cerca viva | Palo mulato, madero negro, jocote, pochote, huizache, palo loco, retama, nopal, cedro blanco | |
| Sombra | Pich | |
|
6. Uso cultural, simbólico y espiritual
|
Ceremonial | Peyote, copal |
|
7. Uso ornamental y estético
|
Ornamental | Dalia, orquídeas, cícadas |
| 8. Recreación y esparcimiento Interacción no productiva con la naturaleza |
Recreación | |
| Lúdico |