Se recupera el Cedro de Guadalupe con la remoción de las cabras.
Durante más de un siglo, los viejos cedros o cipreses de Guadalupe envejecieron sin que prácticamente hubiera árboles jóvenes que los reemplazaran. Las cabras introducidas en Isla Guadalupe consumían las plántulas antes de que pudieran crecer, por lo que el bosque fue reduciéndose hasta quedar confinado a unos cuantos fragmentos en las partes altas de la isla.
Parecía posible que, cuando murieran los últimos árboles viejos, desapareciera con ellos uno de los bosques más singulares de México. Sin embargo, las semillas todavía estaban allí y, cuando las cabras fueron erradicadas, las plántulas comenzaron a aparecer nuevamente. Después, un gran incendio ocurrido en 2008 mató numerosos árboles, pero también abrió sus conos y liberó miles de semillas.
Hoy, donde durante décadas predominaban árboles viejos sin descendencia, crece una nueva generación. Es una de las historias más espectaculares de recuperación de un bosque insular mexicano.
El cedro de Guadalupe, también conocido como ciprés de Guadalupe, es un árbol endémico de Isla Guadalupe, situada unos 260 kilómetros al oeste de la península de Baja California. Esta hermosa planta no existe naturalmente en ningún otro lugar del mundo.
Durante el siglo XIX fueron introducidas cabras en la isla para proporcionar alimento a cazadores y navegantes. Sin depredadores naturales y con abundante vegetación disponible, las cabras se multiplicaron y transformaron profundamente el paisaje, consumiendo hierbas, arbustos y árboles jóvenes.
En el bosque de cedro el efecto fue particularmente grave. Las semillas podían germinar, pero las nuevas plantas difícilmente sobrevivían al ramoneo de las cabras, por lo que el problema no era solamente que murieran los árboles adultos: se había interrumpido el reemplazo de una generación por la siguiente. El bosque envejecía y su superficie se reducía progresivamente.
Los estudios históricos indican que el cedro ocupaba extensiones mucho mayores de las partes altas de la isla. Para principios del siglo XXI permanecían solamente algunos fragmentos del antiguo bosque y predominaban los árboles adultos, con muy pocos individuos jóvenes que pudieran reemplazarlos.
Siglo XIX — Llegan las cabras. Cazadores y navegantes introducen cabras en Isla Guadalupe. La población feral aumenta y comienza una profunda transformación de la vegetación.
1875–1885 — Los naturalistas documentan el deterioro. Las primeras exploraciones botánicas detalladas revelan una flora extraordinaria y comienzan a dejar constancia de los efectos del pastoreo sobre la vegetación de la isla.
Finales del siglo XX — Un bosque envejecido. Los estudios muestran que todavía sobreviven cedros adultos, pero prácticamente no existen generaciones jóvenes capaces de reemplazarlos.
2003–2006 — Comienza la erradicación de las cabras. Un esfuerzo coordinado por instituciones mexicanas y organizaciones de conservación elimina progresivamente la principal presión sobre la vegetación.
2004–2007 — Regresan las plántulas. Los investigadores comienzan a seguir cientos de nuevos cedros y comprueban que, al desaparecer la presión de las cabras, el árbol puede reproducirse nuevamente.
2007 — Isla Guadalupe queda libre de cabras ferales. Al completarse la erradicación comienza una extraordinaria recuperación de la vegetación nativa.
2008 — Un gran incendio transforma nuevamente el bosque. El fuego afecta gran parte del bosque y mata numerosos árboles adultos y jóvenes, pero también abre los conos del cedro y libera enormes cantidades de semillas.
2015 — Comienza una nueva etapa de restauración activa. Además de permitir la regeneración natural, se fortalecen las acciones de propagación de plantas nativas, reforestación, control de erosión y manejo del fuego.
2016–2019 — El bosque vuelve a expandirse. El seguimiento mediante drones documenta el crecimiento de las nuevas generaciones y una considerable expansión de la superficie ocupada por los cedros.
2019 — Un bosque dominado por jóvenes. Un estudio posterior estima alrededor de 67,340 cedros de más de dos metros de altura, de los cuales más del 90% son árboles jóvenes de entre dos y tres metros.
Cuando el botánico estadounidense Edward Palmer llegó a Isla Guadalupe en 1875, las cabras ya habían transformado profundamente su vegetación. Durante cuatro meses recorrió la isla recolectando plantas y registrando su distribución. Encontró que las cabras consumían prácticamente todo lo que podían alcanzar y que algunas especies sobrevivían principalmente en paredes y riscos inaccesibles. Para obtener algunas plantas de esos sitios, Palmer llegó a utilizar una vara larga con un lazo en el extremo.
Diez años después, el botánico Edward Lee Greene pasó una semana recorriendo intensamente la isla. En 1885 reunió 106 colecciones y comparó sus observaciones con las de Palmer; significativamente, señaló 25 plantas registradas por éste que él no había logrado encontrar. Sus descripciones constituyen uno de los primeros testimonios detallados de la vegetación de Guadalupe y permiten observar cómo estaba cambiando la flora bajo la presión de las cabras.
Décadas después, Reid Moran convirtió a Guadalupe en uno de los grandes temas de su vida como botánico. Entre 1948 y 1988 realizó veinte expediciones a la isla y comparó sistemáticamente lo que encontraba con las colecciones y testimonios de Palmer, Greene y otros naturalistas. En 1996 reunió ese trabajo en The Flora of Guadalupe Island, Mexico, la gran síntesis histórica y botánica de la isla.
Gracias a estos naturalistas podemos reconstruir más de un siglo de transformación. Sus colecciones, notas y descripciones funcionan hoy como una especie de memoria ecológica de Isla Guadalupe: permiten conocer dónde crecían las plantas, cuáles eran abundantes, cuáles comenzaron a desaparecer y cuánto se redujeron comunidades como los bosques de cedros y pinos. Esa memoria es también una referencia para medir algo que ellos difícilmente pudieron imaginar: su recuperación.
La recuperación comenzó con una decisión fundamental: antes de plantar árboles había que eliminar la amenaza que impedía que el bosque se regenerara por sí mismo. La erradicación de las cabras fue realizada mediante un esfuerzo de colaboración entre el Gobierno de México, el Grupo de Ecología y Conservación de Islas (GECI) y otras instituciones.
Al desaparecer las cabras ocurrió algo extraordinario: muchas plantas comenzaron a recuperarse sin necesidad de sembrarlas y el cedro fue una de ellas. La aparición de numerosas plántulas mostró que el ecosistema conservaba una capacidad de regeneración que había permanecido bloqueada durante décadas.
Pedro Garcillán, Ernesto Vega y Eulogio López-Reyes aprovecharon esta oportunidad para realizar un experimento natural excepcional. A partir de 2004 siguieron 515 plántulas de menos de un año, marcándolas individualmente y estudiando durante tres años su supervivencia y crecimiento.
Encontraron que las semillas germinaban tanto dentro como en los bordes de los fragmentos del bosque, aunque la supervivencia era mayor cerca de sus márgenes. El resultado confirmó algo fundamental: el cedro todavía conservaba la capacidad de regenerarse; lo que durante décadas se lo había impedido eran principalmente las cabras.
En septiembre de 2008 ocurrió un enorme incendio que, a primera vista, parecía una nueva catástrofe. Una gran proporción de los árboles adultos murió y también desaparecieron muchos de los jóvenes que habían comenzado a crecer después de la erradicación de las cabras.
Sin embargo, el cedro de Guadalupe está adaptado al fuego. Sus conos pueden permanecer cerrados durante años almacenando semillas en las copas y el calor provoca su apertura. Después del incendio, las semillas cayeron sobre el suelo expuesto y aparecieron enormes cantidades de nuevas plántulas.
El fuego había destruido una generación y, al mismo tiempo, había iniciado otra. Esto no significa que cualquier incendio sea benéfico: la frecuencia y la intensidad del fuego son determinantes, ya que incendios demasiado frecuentes pueden matar a los árboles jóvenes antes de que alcancen la edad necesaria para producir semillas.
La eliminación de las cabras permitió una enorme recuperación natural, pero más de un siglo de pastoreo también había provocado erosión, pérdida de suelo y desaparición local de algunas plantas. Por ello comenzó una segunda etapa que combinó la regeneración natural con acciones de restauración activa.
GECI, CONANP, CONAFOR y otros colaboradores desarrollaron trabajos de propagación de especies nativas y endémicas, reforestación, control de erosión, manejo de combustibles y prevención de incendios. La estrategia combinó así dos formas de restauración: permitir que la naturaleza se recupere por sí misma donde todavía puede hacerlo e intervenir directamente donde el deterioro es demasiado grande.
La recuperación del bosque de cedro es resultado de décadas de trabajo de investigadores, conservacionistas, habitantes de la isla e instituciones. Los botánicos que visitaron Isla Guadalupe desde el siglo XIX dejaron descripciones que hoy permiten reconstruir cómo era su vegetación antes de su transformación.
Décadas después, investigadores como Pedro P. Garcillán, Ernesto Vega y Eulogio López-Reyes documentaron científicamente el regreso de las plántulas después de la eliminación de las cabras. Luciana Luna-Mendoza, Alfonso Aguirre-Muñoz, Juan Carlos Hernández-Montoya y numerosos integrantes del Grupo de Ecología y Conservación de Islas (GECI) han participado en la restauración y seguimiento de la vegetación de Guadalupe.
El proyecto también ha requerido la colaboración de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), Comisión Nacional Forestal (CONAFOR), Secretaría de Marina (SEMAR), investigadores de distintas instituciones y la comunidad local. La recuperación del cedro demuestra que las restauraciones ecológicas no ocurren solas: detrás de ellas existen personas que eliminan amenazas, generan conocimiento, monitorean resultados y mantienen los proyectos durante décadas.
El cambio fundamental puede resumirse en el reemplazo de un bosque envejecido por uno en plena regeneración. Antes de la erradicación de las cabras predominaban los árboles viejos y prácticamente no había descendencia; ahora el bosque está dominado por generaciones jóvenes.
Un estudio mediante drones publicado en 2025 reconstruyó tridimensionalmente el bosque y estimó que en 2019 existían alrededor de 67,340 árboles de más de dos metros de altura. Más del 90% medían entre dos y tres metros, una clara evidencia de una población extraordinariamente joven. Entre 2016 y 2019 los investigadores documentaron además una expansión del bosque de aproximadamente 134 hectáreas.
Todavía no. El cedro de Guadalupe continúa considerado una especie amenazada y toda su población natural se concentra en una sola isla. Los incendios demasiado frecuentes, las sequías, la erosión y los efectos del cambio climático pueden comprometer nuevamente su recuperación.
Sin embargo, su trayectoria cambió radicalmente. En pocas décadas pasó de ser un bosque compuesto principalmente por árboles viejos, con escasas posibilidades de reemplazarse, a una población con decenas de miles de individuos jóvenes y una superficie nuevamente en expansión.
La historia del cedro de Guadalupe deja además una importante lección para la restauración ecológica. No siempre es necesario reconstruir un ecosistema árbol por árbol: si identificamos y eliminamos la causa que impide su recuperación, la naturaleza puede conservar una extraordinaria capacidad para regresar.
Garcillán, P. P., Vega, E. & López-Reyes, E. 2009. Recruitment response of Guadalupe cypress (Callitropsis guadalupensis) three years after goat eradication on Guadalupe Island. En C. C. Damiani & D. K. Garcelon (eds.), Proceedings of the Seventh California Islands Symposium, pp. 177–183. Institute for Wildlife Studies, Arcata, California.
Junak, S., Keitt, B., Tershy, B., Croll, D., Luna-Mendoza, L. & Aguirre-Muñoz, A. 2005. Esfuerzos recientes de conservación y apuntes sobre el estado actual de la flora de Isla Guadalupe. En K. Santos del Prado & E. Peters (eds.), Isla Guadalupe: restauración y conservación. Instituto Nacional de Ecología, México.
Luna-Mendoza, L., Aguirre-Muñoz, A., Hernández-Montoya, J. C., Torres-Aguilar, M., García-Carreón, J. S., Puebla-Hernández, O., Luvianos-Colín, S., Cárdenas-Tapia, A. & Méndez-Sánchez, F. 2019. Ten years after feral goat eradication: the active restoration of plant communities on Guadalupe Island, Mexico. En Island Invasives: Scaling up to Meet the Challenge. IUCN, Gland, Switzerland.
Vera-Ortega, L. A., Hinojosa-Corona, A. & Luna-Mendoza, L. 2025. Photogrammetry to Assess the Recovery of a Forest: Case Study of Guadalupe Island. Investigaciones Geográficas.
Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas. Programa de Manejo de la Reserva de la Biosfera Isla Guadalupe. CONANP, México.
SEMARNAT. NOM-059-SEMARNAT-2010, y modificación de su Anexo Normativo III. México.